Algunas opiniones sobre el cine de A. Tarkovski
"Mi primer descubrimiento de Tarkovki fue como un milagro.De
repente me hallaba junto a la puerta de acceso a un recinto en el que
yo siempre había querido entrar, pero cuya llave jamás me
había
sido dada, y en el que Tarkovski se movía libre y
confiadamente.Me
sentí animado, estimulado: alguien había expresado
aquello que yo siempre quise decir, sin saber cómo.Tarkovski es
para mí el más importante. Ha creado un lenguaje nuevo,
que se corresponde con la esencia del cine, porque presenta la vida
como reflexión, la vida como un sueño".
Ingmar Bergman
Dossier de presentación de Sacrificio
Svenska Filminstitutet, Estocolmo 1986
Akira Kurosawa "Me gustan todas las películas de Tarkovski. Para mí,
es el director que mejor ha rodado escenas con agua, en albercas,
charcos, etc. Sus obras son muy complejas, pero me parece
un director extraordinario. Las películas de Tarkovski son
diferentes a todas las demás. Su padre era un
importante poeta y él heredó el talento de los poetas. En
cierta ocasión, me comentó que le
gustaba ver Los siete samuráis antes de rodar sus
películas; pero yo hago lo mismo, antes de rodar las
mías veo Andréi Rublev. [...] Tarkovski
era un hombre muy simpático y
agradable, con quien siempre tuve una
relación muy buena. Él fue para mí... como un
hermano"
«Mis
cien películas favoritas», ed. por K. Kurosawa, Tokyo 1999
Víctor
Erice Veinte años después de su muerte, al evocar la figura
de Andréi
Tarkovski, una pregunta me asalta: ¿qué queda en el cine
contemporáneo -en
la memoria de los espectadores, en la consideración de
críticos y
profesionales, en el interés de las nuevas generaciones- de todo
aquello
que sus siete largometrajes, paso a paso, con tanta intensidad,
construyeron? La respuesta, probablemente, encierra más de un
sentido, al
que no es ajena la más reciente evolución política
y social del mundo, y
muy particularmente la del país al cual el cineasta
perteneció. Más allá
del carácter de dicha evolución (que ha producido, por un
lado, la quiebra
completa del llamado socialismo real; y por otro, la
globalización que ha
arrastrado consigo toda clase de mercados y soberanías
nacionales), el paso
de los días no ha hecho otra cosa que agudizar los
síntomas de la
enfermedad moral de nuestra civilización, la misma que Tarkovski
denunció:
de ahí la esencial vigencia de su obra.
Tarkovski continúa siendo un ejemplo del cineasta de culto
por
excelencia, cuyo recuerdo permanece fundamentalmente a través de
sus
películas, pero también gracias al esfuerzo de una
minoría de fieles
seguidores extendida por el mundo entero, entregados a la tarea de
mantener
vivo su legado. Este libro -Andréi Tarkovski: el cine, icono de
la
revolución pendiente- de Rafael Llano, constituye una prueba
elocuente de
dicho empeño, que adquiere además un especial valor por
el hecho de
publicarse en España, donde los filmes de Tarkovski no lograron
en general
el reconocimiento que merecieron en otros países europeos
(Italia, Francia,
Inglaterra, Alemania, etc.).
[...]
Andréi Tarkovski sostuvo siempre una mirada crítica
radical, a menudo
intransigente, sobre el cine en particular y la cultura de su
época en
general. El cinematógrafo no fue para él, en primer
término, una profesión,
sino ante todo una vocación y una forma de arte. Como tal lo
vivió hasta el
fin de sus días, con un acento de sinceridad y exigencia
absolutas,
haciendo de él una causa con resonancias religiosas.
Habló del oficio de
dirigir películas como de un acto de dignidad; del arte como una
forma de
plegaria. En un mundo tan desacralizado como el actual, se comprende
que su
figura haya fascinado e irritado a partes iguales.
Perteneciente a la generación de cineastas soviéticos
que rodaron sus
primeras obras al amparo de la reforma política suscitada, en
febrero de
1956, por el XX Congreso de Partido Comunista de la urss, las
películas que
logró hacer, producidas entre 1960 y 1984, surgieron de forma
intermitente,
en medio de largos periodos de obligado silencio, siendo estrenadas
algunas
de ellas lejos de la fecha de su realización. Todas
permanecieron al margen
no sólo de los cánones del realismo socialista, sino
también de la
vanguardia soviética de los años 20 del siglo pasado, en
la que el cine
desempeñó un papel protagonista, y que posteriormente
sería aniquilada por
la burocracia estalinista.
En la hora del deshielo ideológico y cultural, Tarkovski se
distanció
de sus compañeros de generación para llevar a cabo una
reivindicación de la
cultura anterior a la Revolución de 1917, encarnada sobre todo
por la gran
literatura del xix. Su elección tenía un sentido evidente
si recordamos que
fueron los escritores de ese periodo (Pushkin, Gógol,
Dostoievski,
Tolstói...), los que primero proporcionaron a la cultura rusa
una dimensión
universal, y que sus obras, en sus más célebres ejemplos,
encontraron de
forma heterodoxa una honda raíz espiritual en la ética
cristiana.
Pese a encarnar en los comienzos de su carrera la
modernización del
cine soviético, Tarkovski apareció pronto como el
heredero de esa tradición
decimonónica. Más que una ruptura abierta con el
presente, lo que en
principio su elección pretendía era reestablecer unos
lazos con el pasado,
demostrando que la continuidad de la historia y la cultura rusa, al
margen
del eterno debate entre lo viejo y lo nuevo, nunca había dejado
realmente
de existir. Se comprenden los problemas que esta tentativa le
ocasionó, su
forcejeo con una burocracia estatal que, a partir de determinado
momento,
puso entre paréntesis su trabajo, sometiéndole a muy
duras pruebas. Salvo
excepciones, las películas que realizó en la urss,
clasificadas muchas de
ellas por la Administración en la "categoría C"
(sólo unas pocas copias,
para un pequeño número de proyecciones casi
confidenciales), fueron
acusadas de formalismo -de elitismo también- por los celosos
guardianes del
discurso oficial. Un juicio -todo hay que decirlo- apenas distinto del
que,
con frecuencia, la sociedad capitalista les reservó.
No es extraño que, tanto en su vida como en su obra,
Tarkovski haya
dado vueltas una y otra vez a las distintas formas del exilio. El que
vivió
en Europa a partir de 1983 estuvo presidido por la gran nostalgia de su
tierra natal, a la que se sumaba la dificultad para adoptar los modos
de un
cineasta cosmopolita -como los logrados, por ejemplo, por su
compañero y
amigo Andréi Konchalovski-, y que procedía de su falta de
creencia en un
arte internacional desligado de sus raíces originales. Esta es
la razón que
puede explicar tanto su resistencia a asumir el papel de disidente
-él
negaba que realmente lo fuera- como su reiterada confesión de
ser, ante
todo, un artista deseoso de servir a su país.
La personalidad de Tarkovski no podía ser asimilada
fácilmente a
ninguna filosofía doctrinaria ni encerrado dentro de los
estrechos límites
de una ideología. En este sentido, se sintió tan alejado
del comunismo
soviético como de la sociedad de Mercado occidental: a ambos
acusó de una
falta grave de espiritualidad, de un culto al materialismo más
ramplón.
[...].
Los pobres y los enfermos, los niños y los locos
-expresión todos
ellos del hombre débil- fueron sus únicos héroes
[de las películas de A.
T.]. Reverso del héroe positivo, exponentes del naufragio de la
idea del
hombre nuevo acuñada por la Revolución, todos ellos, en
mayor o menor
grado, son conscientes de vivir en un mundo que hace del individuo un
huérfano real o simbólico. A los modelos ideales del
realismo socialista
-verdaderos atletas del espíritu-, Tarkovski opuso siempre las
cicatrices
que llevaba en su cuerpo Iván. Para él
constituían, sin duda, una muestra
del horror de la guerra y, a la vez, los signos de un martirio,
estigmas de
la santidad.
Demiurgo hasta el fin, de la mirada cinematográfica de
Tarkovski se
desprendía una sola visión posible, la que se corresponde
con un acto de
fe. Su paradigma ideal es la mirada de la hija paralítica del
stalker que,
actuando sobre la materia como si fuera el viento del espíritu,
hace vibrar
los objetos a su alrededor. Se trata de una especie de milagro
-sólo los
inocentes son capaces de hacerlos-, un acontecimiento en todo caso
fuera de
lo normal, que trata de suscitar una catarsis en el espectador y que
está
presente en esos finales tan extraordinarios, que tantas ansias
interpretativas suscitan en la inteligencia de espectador, en los que
desembocan sus películas.
Planteados como alegorías de un posible renacimiento moral,
casi todos
ellos pasan por la mediación de las figuras de un loco o de un
niño. En
Nostalgia, durante cerca de siete minutos, ejecutando así la
ceremonia
inventada por el pobre Doménico, Gorchakov atraviesa la antigua
piscina de
aguas termales de Santa Catalina, protegiendo del aire la llama de una
vela: un acto postrero que le llevará a la muerte, y
quizá también a la
redención. En Sacrificio, ante la amenaza de una guerra nuclear,
y a cambio
de la salvación de los suyos, en un acto que será
interpretado por todo el
mundo como puro desvarío, el profesor Alexander cumplirá
la promesa de
renunciar a lo que más quiere, quemar su casa y no volver a
hablar nunca
más. Ésta es la condición para que no sólo
pueda hacerse realidad de nuevo
la leyenda del viejo monje que regaba cada día un árbol
muerto, alimentando
la esperanza de ver renovadas sus raíces, sino también
para que el hijo de
Alexander -un niño- recupere por fin la voz, pronunciando las
últimas
palabras de la película: "En el principio era el Verbo.
¿Por qué, papá?".
Abandonado en medio de las ruinas de su inteligencia, el destino
del
personaje adulto tarkovskiano por excelencia conduce a la locura o a la
infancia. Se trata de una experiencia límite -via crucis del
alma para
unos, simple autocastración para otros-, que trae consigo la
renuncia al
mundo y la asunción del silencio. Al igual que sus hermanos
dostoievskianos, dichos personajes son en su mayoría seres
marginados e
incluso ridículos. Incomprendidos por la sociedad,
también por familiares y
amigos, hacen de su extrema fragilidad la fuente de su
salvación. Mártires
que no tienen conciencia de serlo, realizan así, de forma
metafórica, su
sueño y su deliriro, en la esperanza de hallar la plenitud
espiritual
gracias a la abolición de la Historia.
[...]
Cineasta visionario, en cuyo estilo se percibe la dificultad, el
esfuerzo de filmar: un rasgo que quizá se deriva de esa pugna
-no siempre
resuelta, en términos cinematográficos- entre pensamiento
y acción,
enunciado y expresión, presente en sus creaciones. A la postre,
el problema
para Tarkovski fue cómo hacer compatibles la exaltación
del individuo y la
idea de comunidad. Sus protagonistas, condenados a la soledad o la
locura,
no pueden llevar a cabo síntesis alguna; sus vidas son, sobre
todo, el
testimonio de un fracaso. De ahí que, en Tarkovski, la
tradición
comunitaria y la práctica social aparezcan dramáticamente
separadas, y que
sus personajes no puedan conciliar los dos principios más que
abandonando
la realidad, buscando amparo en el mito o recluyéndose en el
silencio.
[...]
El completo deterioro de las relaciones con las autoridades de su
país, el aislamiento y las difíciles vicisitudes del
exilio, fueron
empujando a Tarkovski hacia una creciente abstracción en su
obra. Los
argumentos de sus últimos filmes tienen lugar en una zona
situada entre la
vida y la ensoñación -que llega a adquirir el
carácter de una pesadilla- y
en las cuales el signo de la enfermedad se va haciendo cada vez
más
presente. Se trata de escenarios recorridos por un aire teatral (en
Sacrificio se percibe la huella de Chéjov) y donde la
ficción, a veces de
marcado carácter alegórico, gira alrededor de una
progresiva recuperación
de algunos de los arquetipos de la Santa Rusia, congregados alrededor
de la
dacha patriarcal.
Una sociedad no es únicamente la leyenda de los ideales que
figuran
inscritos en sus monumentos representativos o en sus textos
constitucionales; una sociedad vale lo que valen en ella las relaciones
del
hombre con el hombre, la vitalidad de su comunidad. En este sentido,
toda
discusión seria sobre el comunismo debe plantear el problema en
el terreno
de las relaciones más que en el de los principios.
[...]
La consumada ruptura de la tradición abre hoy una
época en la cual no
parece existir socialmente un vínculo entre lo viejo y lo nuevo.
Sólo el
arte aparece como posibilidad de establecer un lazo capaz de unir a la
humanidad con su pasado. Pero el hombre contemporáneo,
desposeído de la
tradición y la experiencia del tiempo cíclico -no
cifrado- inherente a
ella, se expropia y se anega en el tiempo lineal que corresponde a la
Historia.
Giorgio Agamben, comentando las Tesis sobre la filosofía de
la
Historia de Walter Benjamin, ha confrontado el cuadro de Paul Klee
titulado
Angelus Novus, con el Ángel de la Melancolía, grabado por
Durero. Si el
primero representó para Benjamin al ángel de la Historia,
el segundo es
para Agamben la encarnación del ángel del Arte. «El
ángel de la Historia
-ha escrito Agamben-, cuyas alas se han enredado en la tempestad del
progreso, y el ángel de la estética, que fija las ruinas
del pasado en una
dimensión intemporal, son inseparables. Y hasta que el hombre no
encuentre
otra forma de conciliar individual y colectivamente el conflicto entre
lo
viejo y lo nuevo, apropiándose así de su propia
historicidad, parece poco
probable que se produzca una superación de la estética
que no se limite a
llevar su desgarro hasta el límite»
La relación -y contradicción- entre Arte e Historia
que estas palabras
de Agamben definen, ¿no se corresponde acaso con el tema
esencial que late
en el fondo de la obra cinematográfica de Andréi
Tarkovski?
Extractos
del Prólogo a R. Llano, A. T. Vida y obra, 2003
Víctor Erice
Textos facilitados por www.andreitarkovski.org
Madrid 25 de octubre de 2003