El soplo de un poeta

por Fernando Herrero




Escribir sobre Tarkovski y su cine supone algo más que hablar de una nueva forma de mirada. Desde Andréi Rublev a Sacrificio, una serie de obras configuran un discurso artístico al que sobra el calificativo de genial. Desde la metafísica al lenguaje musical o pictórico, lo fílmico se transfigura en algo global y personalísimo, sin parangón en la historia del cine. El espacio, el tiempo, la imagen y el ritmo forman un todo poético, nacido de un espíritu que transfigura lo religioso en un panteísmo a la vez riquísimo y desolado. Un mundo incógnito, que no se comunica sino por la razón y los sentidos en la recepción de los impulsos creadores de su autor. Lo fílmico rompe todos los moldes, el primero de ellos el estrictamente narrativo, y el ramillete de imágenes insólitas que nos invaden transmuta nuestra percepción y proyectan al propio Tarkovski tan lejano en tantas cosas, como alguien que forma parte del pensamiento, de la sensibilidad propias. Sin necesidad de entenderlo ni de coincidir en aspectos concretos de su personalidad desde algo tan misterioso como el propio milagro, la llamada a lo metafísico, a la fuerza de la luz interior que origina una especie de indefinible temblor.

Tarkovski, como todo artista sensible y personal, expresa su poética del mundo y del propio ser humano en un lenguaje determinado por la confluencia de todos sus saberes, premoniciones, impulsos. El cine le ofrece el marco específico de una síntesis. Y no es casualidad que su incursión en el mundo del teatro haya sido a través del montaje de una obra mística y revolucionaria como el Borís Godúnov de Moussorgski. Desde esta visión excepcional de Tarkovski de la obra no menos visionaria que unía los nombres de Puschkin, el poeta, y Mussorgski, el músico, se podía esperar un discurso paralelo al fílmico, que la muerte ha abortado. Una muerte, no por esperada menos trágica en cuanto pone punto final a la vía itinerante de un creador que todavía tenía muchas cosas que decir, en un momento histórico de crisis espiritual y estética. Desde su individualismo místico, la poesía de Tarkovski (¿por qué me vienen a la memoria dos nombres, sobre todos los nombres, Mandelstam y Ajmatova?) comunicaba una específica sensación de eternidad. Los pájaros de Lívidos Amaneceres estaban inmersos en las imágenes de un mundo que extraía sus raíces de la sustancia de la tierra, del impulso colectivo, de la sensación (¿nostalgia?) de que iba unido al espíritu que lo recreaba. Porque Andréi Tarkovski se nutría, entre el amor y el dolor, de las imágenes de su propio país, estuviera fuera o dentro de él. Rezumaba la energía y el misticismo enervantes de una tierra sujeta ancestralmente a la inflexión de poderes autocráticos, que, desde su esencial corrupción, amenazaban con el aniquilamiento total de la fuerza del individuo. Tarkovski, en todos sus filmes, canta las posibilidades de progresión del ser humano y el magma de sus imágenes no es otra cosa que la comprobación final. El pintor Roublev, el astronauta, el ser perdido en un mundo que no llega a percibir, cl personaje que se fija en ese plano portentoso, junto al árbol japonés, que preludia Sacrificio, son imágenes del hombre, de sus cárceles, de la fuerza del pensamiento y del espíritu, transformado el mundo en algo inexpresable que sólo tiene connotaciones poéticas en las que la tierra, el cine, el fuego, el aire y el agua se unen en una suprema oración.

Escribir sobre Tarkovski desde la esencialidad de unas notas supone algo tan difícil como comprenderlo. ¿Dónde están la razón y el sentimiento? Más allá del tiempo, del idioma, de las zonas neutras del espacio o del tiempo, la significación de la muerte acompaña estas películas, más allá de su condición de películas. Quiero prescindir de toda connotación puramente técnica, aunque ¡qué tentación tan grande escribir sobre sus travellings, sobre la medida planificación de todas sus obras, sobre el tempo fílmico tan personal que no es ni adagio ni mucho menos allegro!... ¡Qué tentación tan grande interrelacionar, desde secuencias e imágenes concretas, la música, la pintura, el teatro, las formas de artes tan diversas...! No, dejemos a otros que hablen, que prosigan la investigación sobre el discurso tarkovskiano. Hemos visto sus filmes, algunos más de una vez, nos hemos comunicado, a través de la distancia, con su música callada... El director, el artista, en París, como otro tan diferente como Güney..., se extinguía fuera de su atmósfera, de los efluvios de su tierra, de su entraña... Se cerraba así su obra poética, se cerraba el misterio de un creador que incluso consigue el milagro de romper el molde ridículo de Festivales o Premios. La obra está ahí, recogida en el receptáculo concreto o mejor aún, en la memoria. Se confunden así el creador y sus destinatarios, muy diferentes de la inmensa mayoría, los cuales son capaces de compartir el dolor o el sufrimiento de la angustiosa interrogación y sumergirse después en el profundo lago de bellezas que Andréi Tarkovski supo hacer suyas, y entregarlas a quien quisiera y pudiera seguir un camino paralelo de iniciación a la verdad.


Fernando Herrero

©1989 Un Ángel Más (Valladolid) nº 5, Invierno de 1989


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