Tarkovski, el visionario

por Jesús García Calero. Redactor jefe de la sección de Cultura, diario ABC (Madrid)


La hermana de Andréi Tarkovski, Marina, y Alexander Gordon, compañero de estudios y codirectos de alguno de sus cortometrajes, se encuentran estos días en España para tomar parte en la presentación del completísimo estudio que Rafael Llano ha dedicado a la vida y la obra apasionante y singular de este cineasta


¿Qué quedará de nosotros? Teñimos apenas de recuerdo el corazón ajeno, igual que la emulsión de viejas fotografíass, y dejamos, bajo el polvo, el pensamiento en blanco, un montoncillo de pálidos huesos y aire. Material insuficiente para escribir una buena biografía. Ahora bien, los artistas nos regalan multitud de señales y cargan de significado su paso por este mundo. Por eso, todo gran creador merecería tener una biografía como la que Rafael Llano ha preparado sobre Andréi Tarkovski. Una biografía que rastrea los hechos, que los ordena de forma minuciosa e inteligente, y que se detiene en cada una de las huellas que el artista nos ha dejado en el proceso de creación, desde las reacciones y menciones a su trabajo, hasta los testimonios, documentos, diarios y entrevistas que acotan con exactitud su pensamiento. La vida es un mosaico inmenso y construirla requiere un inmenso esfuerzo, muchos años, incontables horas.


Una biografía intelectual

Además, la «vida» de Tarkovski preparada por este doctor en filosofía y director de Nueva Revista tiene un valor añadido, que le da una profundidad oceánica: es una completa biografía intelectual que nos sumerge en la tradición cultural de la que se nutre el cineasta. Con anchas miras, Rafael Llano permite al lector adentrarse a voluntad en las raíces ciertas de la filmografía de Tarkovski, en su diálogo con una tradición que, como veremos, explica tanto su grandeza como sus frustraciones, las mismas que le llevarían a exiliarse de la URSS. Porque solamente ese diálogo perfila la eminencia en la historia cultural de Rusia y Europa de uno de los mayores artistas que el cine ha conocido.

En esa tradición Tarkovski se incardina desde niño, como hijo de un notable poeta. Descubrimos que su adolescencia fue tan difícil que su propia madre decidió enviarlo a Siberia como peón de una expedición geológica (de algún modo anuncia a los personajes de Dersu Uzala, de su amigo Kurosawa) y en aquellos primeros y extremos trabajos de su vida se adentró tanto en la naturaleza de la taiga como en su propia naturaleza; de modo que puede decirse que volvió de aquella prueba convertido en un hombre, en el sentido más profundo que la calidad humana pueda trasladarnos. Su formidable espiritualidad, el rigor intelectual y la dignidad que lo mantendrían en pie incluso en los momentos más difíciles, cobra cuerpo entonces. Sin embargo, la tradición que le nutre, le atenaza también. Rafael Llano emparenta al cineasta directamente con una triste senda dentro la cultura rusa, que inaugura Chaadáyev, el primer disidente al que el gobierno, siguiendo veredicto del mismísimo zar Nicolás 1, declara loco y encierra en 1836. El motivo no había sido otro que publicar sus reflexiones sobre el origen y destino de Rusia. De hecho, Chaadáyev y Pushkin protagonizaron, tras la publicación de la obra del primero, un debate esencial que Rafael Llano coloca en el origen de uno de los mejores filmes de Tarkovski: Andréi Rublev, la historia medieval del monje pintor cuya obra inaugura una nueva sensibilidad, en medio de la invasión tártara, que más tarde encarnará la nación rusa.


Inventor de una poética de la imagen

Pero esa tradición infausta que ensarta las biografías de Mandelstam, Ajmatova, Tsvietáieva, Pasternak o Solzhenitsyn en un destino que sufrieron millones de hombres y mujeres; esa tradición que varía desde el silenciamiento al exterminio de los indóciles bajo la maquinaria de delación del PCUS y que con Stalin llegaría al delirio, es la que arrolla a Andréi Tarkovski tempranamente, cuando queda claro que la autoridad miraba con recelo su trabajo. Desde luego, sus películas no se limitaban a cantar los logros de Unión Soviética, aunque, en la perspectiva de la tradición, Tarkovski se había convertido en uno de los grandes artistas rusos, que tendría con su pueblo y con su historia la misma relación de amor y odio que Rublev, Dostoyevski, Gógol o Pushkin. Sin embargo, pasaban los años y sus obras no se estrenaban o lo hacían de manera vergonzante, a pesar del manifiesto interés de Occidente, o por ello mismo. Recordemos que Venecia llegó a amenazar a Mosfilm con no aceptar filmes de otro realizador para la Mostra. Ese largo infiemo hizo mella en su ánimo, y cuando Moscú trata de hundir su filme Nostalghia en Cannes llega el escándalo. Los emisarios del Kremlin pensaron que un fracaso en Occidente «enseñaría» a Tarkovski su lugar definitivamente.

No hubo tal fracaso y Andréi midió su grandeza de artista, de hombre, de inventor de una poética de la imagen, en un exilio final que nunca había buscado. El cineasta acabaría su filmografía con Sacrificio, tal vez su obra m excelsa. La grave enfermedad que iba a matarle, y que ya conocía durante el montaje de su filme-testamento, coincide, desgraciadamente, con glasnost de Gorvachov, que llegó para él demasiado tarde.


Conciencia subversiva

¿Cuál era, entonces, el peligro de las obras de Tarkovski que los comunistas quisieron conjurar? En este punto capital, la biografía es especialmente enjundiosa. Nada resultó más subversivo para los bolcheviques desde 1917 que el misterio, o la idea de trascendencia, que no sólo reside en los templos, sino también en el anónimo sacrificio de los que nunca cedieron a la delación o la mentira. En definitiva, la conciencia del bien y la conciencia del mal. La revolución había prohibido la religión, opio del pueblo, y la espiritualidad estaba mal vista. Ésa fue la empresa de Tarkovski: cultivar, en el corazón de los sóviets, la tierra humilde y sacral de los poetas y los místicos, como el huerto que cuidaba en su pequeña dacha de Myasnoye. Todas sus películas, las siete películas que el fantasma de Pasternak, en una sesión espiritista, le anticipó que llegaría a rodar —«pero todas buenas»— son de un modo u otro metáforas de esa conciencia del misterio, divino o humano, que nos da sentido. Dos mil años de arte asociado al hecho religioso pesaban más en Tarkovski que setenta de revolución. Pero en la Rusia de todos los determinismos, históricos o dialécticos, la lucha se pagaba con silencio, cuando no con la vida.


Jesús García Calero

©2003 Blanco y Negro Cultural del 8 de noviembre de 2003.


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